LA CUERPA
El llegó con la noche, traía olor a campo y sudor y el frío en los huesos; se lavó la cara y las manos y comió con avidez la cena que ella tenía ya servida, sólo le habló para decirle:“¡Llena!”. Apuró a sorbetones la sopa y el último trago de vino, lió un cigarro y sin mediar palabra cogió su abrigo y salió a la calle, cerró la puerta con dos vueltas y guardó la llave en el bolsillo. Ella le vio alejarse en la noche oscura, cerrada, fría cómo sólo pueden serlo las noches de invierno de los pueblos, sus pasos resonando en la calle empedrada, el hálito vaporoso saliendo de su boca, el golpeteo de las ventanas mal cerradas, los lamentos lejanos de un perro; lo veía a través de los visillos añejos y amarillentos del ventanuco, caminando encorvado y aterido por el frío, dirigiendo sus pasos hacia el cálido refugio de la cantina, donde le esperaban otros hombres hoscos, huraños, de barba tupida y pocas palabras que también dejaron a sus mujeres en sus casas cerradas a calicanto, acostumbradas, tristes, desoladas pero conformes de su suerte, sin nada más que perder...esas eran sus inútiles esperanzas.
La partida estaba animada, se apostaba muy alto, la estancia olía a humo rancio y aguardiente; él apretaba los puños de rabia por no poder jugar, ya lo había perdido todo, la casa grande, el carro, los olivares, hasta el burro, no tenía nada más...vio pasar las horas y su mente enloquecía de rencor y hervía por el licor y el odio; entonces decidió su apuesta, en voz alta y enardecida dijo: “me juego el alma de mi mujer, ¿alguien acepta el envite?”; todos callaron, el silencio se hizo sepulcral y el aire irrespirable, la luz de los candiles parpadeó incrédula y osciló a punto de extinguirse...Un jugador borracho aceptó el reto y se repartieron las cartas, la tensión y el miedo podían olerse, la suerte estaba echada, los naipes se fueron volviendo y el silencio se rompió y dio paso a los murmullos, nunca antes habían visto perder un alma. Nunca más verían cerrar un trato así, sentencia escrita en papel y firmada con una cruz.
Aquella noche no volvió a su casa, debió vagar deshecho y sin rumbo, muerto de vergüenza, perdida la dignidad y el orgullo; hasta la mañana siguiente, entró en la casa aún cerrada y no supo decir nada, tampoco era necesario porque entre ellos había pocas palabras. Ella salió como cada mañana a lavar la ropa en las aguas heladas del lavadero y notó las miradas, los comentarios cuchicheados a media voz...algo había pasado y ella no sabía qué era..., alguien dijo: “¡mirad ahí va la cuerpa!”.
Fue desde entonces el cuerpo sin alma, ella y las que nacieran después tendrían ese estigma; siguió viviendo, muerta en vida, sin alma que perder y perdida toda esperanza; encontró consuelo en su soledad y el aguardiente; vacío que nunca podría llenar, peregrina del azar, sin alma, sin dueño. Imagino cómo serían sus días, sin saber qué sería de ella cuando muriera, sin tener el consuelo de saber que tras el valle de lágrimas de su vida a ella no le esperaba ningún cielo, ningún paraíso con el que soñar y del que esperar algo de amor y paz.
Años después en un pueblo detenido en el tiempo una abuela pasaba la tarde con sus nietas, ellas siempre la habían visto de negro, diminuta, encorvada; conservando el mismo peinado ondulado que llevó en sus años mozos, que sólo había cambiado en el tono del pelo, ahora blanco de nieve; la Navidad estaba próxima y tomaban una copita de anís y mantecaos que unos días antes habían elaborado con la receta y el ritual de su madre, abuela, tatarabuela..., recetas también perdidas en el tiempo: La abuela puso una copita con palomilla a las niñas (agua con un toque de anís), ella se sirvió una hasta arriba y la bebió de un trago; a las niñas les encantó el sabor dulce de la bebida y pidieron otra; la abuelilla con un ojuelo pícaro guiñado, sonrisa desdentada y su vocecilla aguda y quebrada dijo: ¡vosotras sí sois cuerpas!, la mamá y la hermana no...a nosotras eso nos hizo mucha gracia porque nos gustó el anís, la complicidad y también eso de ser cuerpas.
Fue con el tiempo cuando la historia nos fue revelada; nos sigue gustando el anís, no se nos sube a la cabeza, nos reconocemos entre nosotras y nos gustamos, compartimos las copillas cuando podemos y nos saludamos así: ¿cómo vas cuerpa?;.
También amamos la libertad que nos da el no preocuparnos por tener un alma que perder y sentimos ese vacío que nada puede llenar; somos como ella, peregrinas del azar, sin alma, sin dueño.
Escribo esto ¡cómo no! con copa de anís en la mano.
Azahara.