Juan Antonio Díaz pregona las fiestas en honor al Cristo de Burgos

El pregón de Juan Antonio Díaz abrió los días grandes de Cabra del Santo Cristo en un acto que convocó en la plaza de la Constitución a un buen número de cabrileños y que estuvo cargado de emotividad. El polifacético cabrileño (profesor, escritor, pintor, fotógrafo…) cuyo compromiso con el pueblo es patente (es socio-fundador de la Asociación Cerdá y Rico, donde ha formado parte de su Directiva y donde colabora activamente en todas sus actividades), recordó en su alocución aquellos veranos previos a las fiestas de San Miguel, cuando dejaba volar la imaginación y se convertía en soldado romano sobre una cuadriga en forma de trilla, allá, en la era de San Sebastián. Una infancia y juventud en la que el cine de verano lo marcaría para siempre, sobre todo a partir de aquella película de los Beatles “Que noche la de aquel día”. Rememoró aquellas orquestas que animaban los bailes en el Benavente, o en el salón de Ismael. Los Crisant y los Teddy Boys forman a partir de entonces parte de la memoria colectiva de los cabrileños. Pero sobre todo ensalzó a ese icono que nos une, al Santo Cristo de Burgos, a las cofradías y a todos aquellos que durante estos días se buscan en Él. Finalizó el pregón con vivas al Cristo de Burgos y a Cabra.

A continuación comenzó el desfile de gigantes y cabezudos, que como no podía ser de otra manera iban acompañados de ese otro personaje tan nuestro, el Pinchalauvas.  “¡¡Pinchalasuvas…pinchalagartos…llevas las tripas… en un cenacho…!!”. No hace tantos años que, con esta canció,n los niños cabrileños hostigaban al principal actor del desfile que inaugura las fiestas locales. Y es que, ¿quién no ha corrido delante de este ancestral personaje que da a nuestros días grandes ese toque de autenticidad?. En esta ocasión, centenares de zagales nos volvieron a recordar nuestra infancia cuando llenos de emoción y alegría veíamos en éste al alegre diablillo que abría aquel tiempo extraordinario en el que las barquichuelas, la noria, el carrusel, o los caballicos, hacían de la plaza el espacio con el que soñábamos y en el que durante unos días disfrutábamos de aquellas atracciones de feria desde que desde el mismo momento que comenzaban a instalarlas congregaban a buena parte de los niños de Cabrilla.

Se iniciaron así, un años más, las fiestas en honor al Cristo de Burgos. Unas fiestas en las que por espacio de cinco días, Cabra se convierte en el espacio más idóneo para el reencuentro y la diversión.

PREGÓN DE LAS FIESTAS DE CABRA DEL SANTO CRISTO. 14 DE AGOSTO DE 2011.

Señor Alcalde, miembros  de la Corporación municipal, paisanos, amigas y amigos,

Vengo vestido de rigurosa alegría para pregonar las fiestas en honor del  patrón de Cabra, el Santísimo Cristo de Burgos, al que le dirijo con el mayor respeto y cariño nuestro primer viva: Viva el Santo Cristo de Burgos.

Posiblemente no sea este el primer pregón de fiestas en la historia de Cabra del Santo Cristo, ya que habría que consultar los anales para comprobarlo, pero si es mi primer pregón  aquí , en mi pueblo, en el pueblo donde nací hace ya bastantes décadas y al que vuelvo siempre que puedo y la ocasión lo requiere, como hoy.

Cuando el Alcalde, vuestro Alcalde, me lo propuso, le dije que lo iba a pensar, porque aunque no es mi primer pregón, si era el primero con una carga emotiva especial, porque sabía que con sólo pensar en ello, iban a comenzar a aflorar un montón de recuerdos, de imágenes, de sensaciones, que tendría que compartir con todos vosotros.

Tengo dudas de si soy el más indicado para hacer esto que estoy haciendo, aunque agradezco que se me haya brindado la ocasión de hacerlo.

Nací en este pueblo, pero vivo fuera desde hace mucho tiempo, principalmente en Granada, pero también en el resto del mundo ya que unas veces por mi trabajo y otras por mi espíritu inquieto, me he visto viviendo bastante lejos de Cabra.

No obstante he de decir que esos recuerdos a los que me refería antes vuelven de forma recurrente una y otra vez, unas veces por razones familiares, y otras por razones más intimas que tienen que ver con la amistad y los afectos, y porque cuando uno sale de la tierra donde nació, debe volver regularmente allí para encontrar se con sus raíces.

Y mis raíces están aquí. Y aquí está también mi casa. Y parte de mi familia, a pesar de que todos estamos desperdigados por muy diversos y lejanos lugares.

Pero no es posible evitar, ni queremos,  que en nuestro ADN  figure el gen que nos asocia desde que nacemos a este lugar, que ha dejado una huella indeleble en nuestras vidas y en nuestro carácter.

Cuando hace unos años se inauguró una exposición de mi obra en la Casa de la Cultura, un buen amigo al que queremos muchos aquí en Cabra, Manuel Urbano, la tituló “El color de mi tierra”, porque decía que independientemente de a dónde te lleve la vida, esos colores, esos olores y esos paisajes los llevarás siempre contigo. Y debe ser cierto y muchos de esos colores aparecen  en estado puro o enriquecidos por el tamiz del recuerdo.

 Cabra del Santo Cristo tiene una gama de colores y una luz especial, pero su especial situación hacía que yo, cuando niño echara de menos la luz del atardecer. Cuando el sol desaparece por Sierra Cruzá, el pueblo queda en penumbra, en una especie de contraluz forzado, que sólo recibe el reflejo de ese cálido sol de la tarde enviado desde el Cerro del Chantre.

Pero hablemos de las fiestas, que a eso hemos venido.

Mis primeros recuerdos de las fiestas que muchos compartirán seguramente, están asociados con aquellas fiestas de San Miguel, cuando el largo y cálido verano acababa de terminar y el otoño hacía su entrada.

Son las fiestas que todos los mayores de 50 años recuerdan.

Eran el colofón de un verano que era diferente para todos los niños, que perdíamos la noción del tiempo y vivíamos un verano interminable, que en realidad era la preparación para esas fiestas de San Miguel en honor de nuestro Patrón, el Santo Cristo de Burgos.

Y aquel verano, sin apenas interrupciones, era un verano lleno de actividades, que en un pueblo como Cabra, nos obligaba a participar, unas veces forzados, otras, de buen grado en actividades relacionadas con un pueblo fundamentalmente agrícola. Nos divertíamos trillando, al principio del verano, en la Era de San Sebastián, un lugar en el que nos imaginábamos que éramos soldados romanos, sacados de la película Ben Hur, o soldados egipcios de Los Diez Mandamientos,  haciendo carreras de cuadrigas mientras el grano se separaba de la paja.

Pero en verano y a lo largo de todo el año utilizábamos ese espacio para dirimir nuestras diferencias jugando al futbol o viendo a las glorias locales del Once Azul batirse el cobre contra equipos forasteros, que venían de lugares tan lejanos como Jodar, Huelma, Úbeda   y sitios así.

Pero para mí el verano era el sinónimo del frescor y el dulzor de los frutos de la estación. Melones, sandias, brevas, higos, uvas, albaricoques o albarillos, sin olvidar el perfume inolvidable de los tomates, los melones y los pepinos, que eran ecológicos antes de que se empezara a usar esa palabra para referirse a los productos del campo que se cultivaban sin ninguna ayuda química. ¡Que tiempos aquellos!

Veranos de baños en albercas, con  cursos intensivos de natación de cinco minutos  en la Balsa o el Charcón, rodeados de avispas y tábanos, donde el disfrute y la felicidad no tenían medida.  Donde los más mayores intentaban emular a Johnny Weismuller, el famoso Tarzán, haciendo espectaculares saltos desde un inexistente trampolín.

Aunque también vivíamos con el peso de las historias trágicas contadas por nuestras madres sobre niños y mayores ahogados en esos sitios, con la idea de disuadirnos de ir a bañarnos allí, sin ningún éxito, por supuesto.

Niños y adolescentes disfrutaban de todo lo que el pueblo tenía que ofrecer, que era mucho. Y en las noches estrelladas de verano, las interminables sesiones de cine de verano, comiendo pipas,  y convirtiéndonos en acérrimos cinéfilos, mientras nos asomábamos al mundo a través de las historias que nos contaba la pantalla. Nunca terminaremos de agradecer todo lo que disfrutamos y aprendimos en ese cine de María Paz y luego de Pepe Tello, su hijo.

Y si tuviera que escoger una película que marcara mi vida y la de otros muchos de mi generación, me quedo con Que noche la de aquel día, de Richard Lester, en la que cuatro muchachos con un corte de pelo que luego casi todos imitaríamos, cantando en inglés, prendieron la mecha del cambio en nuestras vidas, iniciándonos en una revolución que todavía no ha acabado.  Se trataba de los Beatles y con ellos entramos en la modernidad y en mi caso hicieron que me dedicara a estudiar esa lengua y que más tarde la hiciera mi herramienta profesional.

 Pero volvamos de nuevo hacia atrás. A ese tiempo de espera , antes de la llegada de Septiembre, un tiempo que también lo dedicaban sobre todo las mujeres, a preparar las ropas que habían de lucir en los días de fiestas, siguiendo la última moda que habían copiado de alguna revista, y nuestras madres, intentando planificar la ropa del próximo curso, del próximo invierno. El verano era de una actividad frenética para los sastres y las modistas del pueblo, aunque los más pudientes encargaban la ropa en Úbeda, Jaén, Granada o incluso Madrid.

Todo, para poder presumir en esos últimos días de Septiembre. Y las mujeres de Cabra, en esos días, vistas con los ojos de los adolescentes que entonces despertábamos al sexo, eran todas hermosas, con algo del glamour de las actrices que veíamos en las películas y las revistas. En un tiempo tan gris, tan plano,  ellas ponían el tecnicolor a nuestras vidas.

Y mucho más en esos días de fiestas.

Unas fiestas que ayer como hoy tenían una serie de elementos fijos, el Pinchaúvas, los gigantes y cabezudos, las atracciones entre las que destacaban las cadenas y las barcas, y por supuesto los caballicos, para los más pequeños. Y el turrón, y la tómbola y el hombre que vendía camarones y rifaba un jamón. Y la plaza con un bullicio irrepetible con el ir y venir de Pepe Alcayata y todos los camareros contratados en esos días que no daban abasto a servir botellines de El Alcázar y raciones de gambas y choto, tan elegantes que parecían sacados de una película del neorrealismo italiano.

Y las cofradías que venían desde los sitios más cercanos a los más lejanos, a rendir homenaje anual al patrón , a nuestro Santo Cristo, que despertaba la misma devoción y pasión , al margen de los niveles sociales o las ideologías, en todos nosotros .

Y la banda municipal que alternaba la música procesional con las sesiones,  en la esquina de la plaza de arriba, junto al ayuntamiento, de pasodobles, valses y temas de zarzuelas, mientras los niños enredaban todo lo que podían, y la gente aplaudía la maestría musical del Director Manuel Peregrin y todos aquellos grandes músicos a los que todavía recordamos, algunos de los cuales, entonces jóvenes, aun viven.

Y aquellos fotógrafos que acudían puntuales a la cita para tomar la foto anual de las familias con sus trajes nuevos, sobre un fondo que recordaba a los telones de los teatros. Y entre ellos como no, la figura entrañable de Sebastián Moreno, el cronista de imágenes del pueblo, como a principios de siglo lo había sido Don Arturo Cerdá y Rico. A  ellos les debemos gran parte de nuestra memoria.

Y como no, los bailes, en el cine Benavente, que recordarán los más mayores y luego en la nave de Ismael. Recuerdo ver a mi hermano y a sus amigos con sus novias bailando al ritmo de orquestas que hoy llamaríamos desenchufadas, es decir  donde todavía no había ningún artilugio eléctrico, pero eso sí, los músicos uniformados, con pajarita y peinados con brillantina mientras tocaban tangos, boleros, pasodobles o los 40 principales de entonces, La casita de en Canadá, las canciones de Machín, que en aquellos años había actuado en el cine Benavente precisamente, o las canciones de Nat King Cole o los cinco Latinos.

 Y más tarde, cuando los de mi generación  habíamos entrado ya en la adolescencia, en el Salón de Ismael, descubríamos a  los Crisant y a los Teddy Boys, a los que llegamos a adoptar, pues nos acompañaban año tras año, y a los que habría que nombrar hijos adoptivos de Cabra, por su contribución a la formación de parejas en aquellas interminables sesiones de baile.

 Luego, cuando las fiestas cambiaron a mediados de Agosto se rompió algo de la magia de aquellas de San Miguel. Posiblemente ganamos en número de asistentes, pero perdimos parte de nuestras señas de identidad. El signo de los tiempos.  Todavía en Alfarnatejo, en la Anarquía malagueña, como bien ha recogido nuestro amigo y cronista Lázaro Gila, se siguen celebrando en torno a San Miguel, ya que no sólo  adoptaron al Santo Cristo como patrón sino el calendario de fiestas en su honor.

Hubo cambios que afectaron a la situación del ferial, pasando de la plaza a su situación actual, al final de la calle Santísimo Cristo de Burgos. Y las sesiones de baile pasaron al recinto de la piscina, que fue otro de los cambios con respecto a las albercas de antes. También  cambiaron los grupos de música, aunque algún año hemos vuelto a recuperar a aquellos Teddy Boys, más mayores, pero igual de profesionales que en los viejos tiempos.

 

Lo que no ha cambiado desde que se quedó a vivir entre nosotros es la devoción al Santo Cristo. El es el motor, el motivo por el que celebramos estas fiestas. No importa donde estemos, donde vivamos, él nos convoca cada año y aquí nos reunimos con la familia y los amigos a los que apenas vemos el resto del año. Y cuando sale en procesión, todo el pueblo se vuelca con el mismo fervor y el mismo respeto. Su figura si forma parte de nuestro ADN. Quizás porque cada vez que le decimos a alguien de donde somos, hay que explicar con orgullo la historia de su llegada a Cabra y como desde entonces creemos que nos protege  y nos convoca en los días grandes, cuando sale a la calle, con las autoridades civiles y religiosas, con el solemne y ceremonial acompañamiento de los miembros de las cofradías, entre las que nunca falta nuestra ciudad hermana de Burgos, o la Serón en Almería. Por supuesto la banda, los cohetes y la emoción contenida en la salida o la entrada de la Iglesia, nuestra más preciada joya arquitectónica, cuando todos los presentes estallan en aplausos y en  vivas al Santo Cristo de Burgos.

Es también el momento de recordar a los ausentes, a aquellos que el año anterior estaban presentes y emocionados, y este año no han podido por una u otra razón. Es el momento de hacer piña en torno a nuestro patrón y a las tradiciones y olvidar las diferencias que haya podido haber a lo largo del año.

Porque la imagen del Santo Cristo nos convoca a todos, los presentes y los ausentes, cada año para recordarnos de dónde venimos y que no olvidemos que en un lugar de Sierra Mágina, en el que no hay puestas de sol, un día llegó una imagen para quedarse y velar por nosotros, el Santo Cristo de Burgos.

¡Viva el Santo Cristo de Burgos!

 

Y ahora, como todo pregonero debe hacer en estos casos os animo a participar y a disfrutar de estas fiestas en honor de nuestro Santo Cristo, entre familiares y amigos y desear que el año que viene nos volvamos a encontrar de nuevo aquí, que será una buena señal.

 No quiero acabar sin mostrar mi agradecimiento al Ayuntamiento en la persona de su Alcalde. Espero haber hecho honor a su confianza y a la de todos vosotros al tiempo que agradeceros vuestra presencia y vuestra generosa atención.

 Y para acabar sólo me resta pediros que os unáis a mí diciendo:

 

¡Viva el Santo Cristo de Burgos!

 

¡Viva Cabra del Santo Cristo!