Cerdá y Rico: el ojo indiscreto de Andalucía
 
 

MAGDA TRILLO

granada. Es el mejor fotógrafo andaluz del último siglo y, seguramente, el más desconocido. La figura de Arturo Cerdá y Rico ha quedado durante décadas completamente olvidada y reducida a la discreta admiración de su familia por las "plaquitas del abuelo". Pero sus más de tres mil fotografías estereoscópicas constituyen hoy un legado único e irrepetible. Fue un artista del retrato, un precursor de la fotografía en color, un notario de su tiempo capaz de atrapar la vida en cada una de sus instantáneas y dejar un legado "genial" a las generaciones futuras.

Es, como recuerdan ahora sus bisnietos y los investigadores que se han dejado fascinar por su figura, el doctor fotógrafo. Aunque siempre fue más artista que doctor. Y al final de su vida lo logró. Cumplidos los cincuenta años, después de morir su esposa, se dedicó por completo a su mayor afición: a viajar y 'capturar' con su cámara estereoscópica la esencia de un tiempo y unas gentes ya olvidadas. Se convirtió entonces en la memoria visual de Andalucía. Cabra del Santo Cristo fue su santuario, Granada y los artistas de la ciudad su ventana al mundo y a las vanguardias, los pueblos y las gentes humildes su mayor y más comprometida inspiración. La exposición El Albaicín de Cerdá y Rico (1898-1909) que se muestra hasta el 8 de septiembre en el Carmen Aljibe del Rey de Granada es uno de los primeros proyectos que impulsan sus herederos para recuperar la figura del "abuelo" y dignificar su sorprendente e impactante obra. Pero no el único. El profesor e investigador Isidoro Lara, una de las personas que más han estudiado la obra del doctor Cerdá, trabaja ahora con la familia del artista en diversas iniciativas que pretenden difundir su figura y dar a conocer entre el público su valioso legado. A la exposición de Granada se suma una muestra de similares características comprometida para Levante y, según avanza uno de sus bisnietos, Julio Arturo Cerdá Pugnaire, ya se está trabajando en una exposición más amplia sobre La Granada de Cerdá y Rico y en la edición de una publicación que recoja las principales fotografías de la colección. A estos proyectos se une, además, el pequeño corto que ha preparado Quijada Producciones con el patrocinio de la Asociación de Desarrollo de Sierra Mágina y un proyecto para rodar un documental de 58 minutos.

 

Su obra. Todas las fotografías de Cerdá y Rico están exquisitamente preparadas. Es capaz de pasar horas buscando el mejor encuadre, la luz perfecta, el detalle más insospechado. Pero el resultado irradia fuerza, originalidad y, sobre todo, espontaneidad. Todos los personajes aparecen cazados, ajenos al ojo indiscreto que busca esa imagen perfecta en tres dimensiones que se transforma y se descubre siempre diferente ante una nueva mirada. Anticipó el fotoperiodismo y se acercó a la cinematografía. El mismo año en que los hermanos Lumière inventaron la fotografía en color, Cerdá y Rico se peleaba con aquellas complejas emulsiones de fécula de patata para retratar la luz del campo andaluz.

Los personajes más populares de Granada, Jaén, Córdoba o Sevilla desfilan en sus fotografías casi desafiando al impertinente observador que penetra en un universo que el artista ha concebido, con excepcional y absoluta libertad, casi para sí mismo. Son la cara más auténtica de Andalucía. Y la más cotidiana. Las fotografías de Cerdá y Rico rescatan oficios y perdidas estampas del mundo rural. Segadores comidos por el sol, jornaleros descansando a la sombra de un olivo, afiladores y aguadores en pleno centro de Granada, divertidos niños jugando en las soleadas tardes de otoño, gitanillas del Sacromonte, mujeres de palique, hombres a la hora de la siesta...

Decenas de imágenes en las que es capaz de producir tanta tristeza y nostalgia como complicidad e hilaridad: a su colección etnográfica se unen los cómicos retratos que robaba a su familia –Pura, la última de trece hijos, sería su principal musa– y las innumerables fotografías que tomó en los estudios de sus amigos artistas. José María Rodríguez Acosta, Rafael Latorre, José María López Mezquita, Manuel Martínez de Victoria o Pablo Loyzaga serían camaradas inseparables y protagonistas de más de una travesura artística fácilmente censurable por la moral del momento. La emasculación del cura y los retratos a las modelos semidesnudas de sus amigos pintores seguro que han dormido durante décadas ajenas a imprudentes miradas.

universal. Aunque Granada fue su ciudad preferida, su cámara jamás entendió de fronteras. Cerdá y Rico nació en el pequeño pueblo alicantino de Monóvar allá por 1844, estudió Bellas Artes y Medicina en Madrid, se fue a vivir a Cabra del Santo Cristo y, durante toda su vida, su espíritu inquieto le llevaría a recorrer España, Europa y África. El pictorialismo de sus fotografías y el orientalismo de parte de su creación son reflejo de la universalidad del doctor Cerdá.

En febrero de 1921, un enfisema pulmonar le condujo a la muerte. Si esta afección no fue consecuencia directa de las infinitas horas que pasó revelando, sin ninguna duda que agravó su estado. Hasta el último día, la fotografía estuvo presente en la vida de este artista amateur que supo hacerse un hueco en los círculos artísticos del momento ganando premios y publicando fotos irrepetibles en las mejores revistas de la época como Photograms of the Years, de Londres. Gracias a su holgada posición social, pudo abandonar la medicina y dedicar todo su tiempo a la creación. No hizo nunca un retrato a medida ni accedió jamás a vender su obra. La mayor difusión de sus placas estereoscópicas se limitó a los regalos que hizo a sus amigos. Al final de sus días, ni un solo vecino de Cabra del Santo Cristo habría mostrado el más mínimo interés...

Su obra ha tenido que esperar casi un siglo para alcanzar un mínimo de reconocimiento. Hoy, hablar de la fotografía de comienzos de siglo es hablar de Cerdá y Rico. El ojo indiscreto del pueblo andaluz.