Crítica de Miguel Viribay en DIARIO JAÉN 8/10/03
PRESENTACIÓN DE LA EXPOSICIÓN "EL COLOR DE MI TIERRA" DE JUAN ANTONIO DÍAZ.
Manuel Urbano.
Amigos,
permítanme que inicie el uso de la palabra, que generosamente me han concedido,
con una radical confesión: Una presentación, en la mayoría de los casos,
éste entre ellos, es una operación absolutamente inútil. Quien asiste a una
conferencia o compra un libro –pongamos por caso- no lo hace por el
presentador, sino por el autor del texto, al que previamente conocía. Por
tanto, la misión del presentador –en el improbable caso de que le
correspondiese alguna- es la de desaparecer cuanto antes... Y me aplico el
cuento.
Como es por demás conocido, la presentación gira alrededor de un eje que se apoya en dos cojinetes laterales. Uno de ellos, fundido y mecanizado en metal durísimo: el metal de la vanidad. El presentador está seguro de que sabe más que nadie del presentado. Está revestido de la engolada certeza de que es la criatura idónea para revelar el secreto de las alquimias y hallazgos mágicos que hicieron posible la obra del artista creador, hermética para todos, incluido el propio autor.
Y,
como pretendo ser honesto, se me vienen arracimados los afilados garfios de las
interrogantes. ¿Pero qué hago yo aquí, en Cabra, presentándole a sus
paisanos a Juan Antonio Díaz López, el riguroso profesor de Filología Inglesa
en la Universidad de Granada –e invitado en otras de Europa y América-¿
¿Qué decirles del recio e insobornable científico e investigador que es y de
sus ejemplares trabajos y libros, como los que dedicara a Gerard Brenan? ¿Qué
les voy a mostrar de su riquísimo universo plástico y su andadura como creador
con exposiciones individuales en países tales como Estados Unidos o Bélgica; o
de la próxima muestra itinerante por las capitales andaluzas con el mecenazgo
de Unicaja?
Pretender hablar de Juan Antonio Díaz en Cabra, a mi juicio, es algo así como trasladarse a Escocia y pregonar allí el bacalao; o que alguien venga aquí a decirnos las excelencias del aceite de oliva para los huevos fritos.
En conclusión, me encuentro en claro fuera de juego; pues, aunque con honestidad y cariño, pretendo descubrirles lo que tienen ustedes por más que sabido.
El
otro cojinete del que les hablaba es, por el contrario, de metal blandísimo,
peligrosamente maleable, capaz de dar al traste con el buen funcionamiento de la
máquina. Y es que el presentador, si no es un imbécil profundo –circunstancia
bastante frecuente-, sabe que todo lo que puede decirse de un objeto artístico
no pone luz en lo obscuro. Y, simétricamente, todo lo que borbotea en la
oscuridad no puede ser racionalizado y traducido al idioma de la lógica.
Necesitaría, si realmente tiene las ideas claras –cosa también muy
difícil-, aventurarse en un amplio ensayo, en un vuelo circular y descendente
sobre su presa. Y aún así no lograría capturarla viva. Quien lo probó lo
sabe. Y aquí, permítanme una nueva confesión: a pesar de mis numerosos
intentos y durante tantos años, lo más que llegué a alcanzar fue el cuerpo
inerte de las cosas. Pero, sépase, la pulpa no es el alma.
Entonces, ¿qué hago yo aquí? He sobrevolado la presa durante mucho tiempo; me honra una vieja y entrañable amistad con el artista; alguno de sus cuadros engalana y dignifica estéticamente mi casa, a la par que es parte indisoluble de mi vida más cotidiana...
Yo estoy aquí –y perdonen mi torpe justificación- porque tenía necesidad de estar presente en este acto de a ras de tierra y recoger en vivo los latidos del corazón de la poesía de Juan Antonio, para abrirle el pecho a estos cuadros y mostrar la víscera sangrante transfigurada en color y luz.... Yo estoy aquí porque quería ver cómo aletea en el lienzo el alma de la tierra de nacencia en su propio nido, en su propia tierra. Yo estoy aquí para ser testigo de todo aquello que le mana del alma a un artista cuando se llena los ojos y el corazón con su propia tierra. Yo estoy aquí para comprobar, una vez más, que estas pinturas jamás quisieron ser espejo de la realidad tangible, si no el más transparente de sus cristales. Juan Antonio pinta a Cabra y hace suyo el verso del gran amante que fuera Pedro Salinas: "Para cristal te quiero; para espejo nunca". Un verso que, por cierto, repito con insistencia a la mujer que apasionadamente amo.
Y...
bueno, ya ven ustedes cómo, sin que uno pueda evitarlo, le sale a flote la
cursilería más retórica... Y cómo, por muy amplias miras que se tengan, en
este círculo ciego de noria que es la vida uno acaba por hablar de sí mismo...
Y no me importa.
Quisiera decirles que me es imposible captar y transmitirles con todas sus vibraciones el color alado que en esta exposición se nos ofrece, que no es cosa distinta a la más poética de las cajas chinas, la que alberga un secreto de otro secreto: la quintaesenciada hermosura de este lugar trasplantada con lenguaje propio a la pintura... Esto es, a mi juicio y en suma, la magia intraducible y emocionada de la obra de Juan Antonio Díaz que hoy aquí se presenta.
Pero veo –perdónenme por ello- que caigo de nuevo en lo retórico y lo subjetivo, con lo que les estoy proporcionando -en este día cargado con los más variopintos discursos- mayores razones para el aburrimiento.
De todos modos, mi felicitación a Juan Antonio Díaz por su espléndida obra. Y a ustedes, por su generosa y elegante atención, muchas gracias.