
Para adentrarse en la obra pictórica de Antonio López hay un requisito indispensable: amar la vida. Amar el color y la luz, y rendirse ante ellos. Amar el movimiento y el cambio, y sentir, como ya hicieron los pintores impresionistas, que todo cambia a nuestro alrededor.
Su pintura, abrumadoramente sincera, muestra con orgullo la materia que la crea. Humildes pigmentos y aceites que el pintor, como alquimista o prestidigitador, transforma en otra cosa: sentimientos de belleza. Pasear por sus paisajes es hacerlo por caminos hechos de materia y emoción.
Decía Gombrich a propósito del color: "si procuramos olvidar cuanto hemos oído a cerca de la verdes hierbas y de los cielos azules, y contemplamos las cosas como si acabáramos de llegar de otro planeta (...), encontraríamos que las cosas pueden adoptar las coloraciones más sorprendentes. Los pintores, ahora, proceden como si realizaran semejante viaje de descubrimiento (...). Si les seguimos atentamente y aprendemos algo de ellos, hasta una simple ojeada desde nuestra ventana puede convertirse en una maravillosa aventura".
En virtud de su excepcional sensibilidad para el color, queda fascinada la mirada ante los cuadros de Antonio López. Y así, prendida la mirada en el lienzo, ésta lo recorre de uno a otro lado, ahora ávida, ahora sosegada, saboreando su textura, sus contrastes y su riqueza de matices. Vive el espectador ensimismado un momento semejante al enamoramiento. La pintura ha embriagado nuestros sentidos, y al irnos algo nuevo viene con nosotros y algo nuestro queda en el cuadro: experiencia estética.
Sara Blancas Álvarez
Dra. en bellas artes.